Sinfonía #1

Presentando el nuevo libro de Kurt… Sinfonía #1

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Una sinfonía, sí, con letras en lugar de notas, con tramas que dan voz a las melodías. Cuatro movimientos, cuatro ficciones que forman una obra completa. El conjunto, unido por el leitmotiv de la música de Johannes Brahms.

Movimiento I: El algoritmo de las estrellas

Tempo: Allegro ma non troppo

Una orquesta en quiebra encuentra la salvación gracias a un multimillonario estadounidense. La noche de la fiesta de navidad de la orquesta, el flamante mecenas presenta al director del conjunto un regalo muy curioso: una obra de cámara supuestamente desconocida de Johannes Brahms. Después de reproducir una grabación de la obra, el mecenas revela que, de hecho, no fue escrita por Brahms sino por un programa informático, inventado por él, capaz de crear la música de cualquier compositor: más precisamente, lo que habría compuesto de haber vivido más tiempo. Por medio de su programa, argumenta, pueden generar una riqueza inagotable de nueva música de los más grandes genios de la historia, para uso exclusivo de la orquesta. La guerra de voluntades que se desenvuelve entre los dos –el primero, partidario de los milagros de la tecnología y el segundo, defensor de la música humanamente compuesta– pone en riesgo el futuro de la orquesta y el destino de uno de los dos antagonistas.

Extracto

Junté mis manos detrás de la cabeza.

—Me has perdido, Bowman.

—Le explico: el programa hace una recopilación de todas las obras de un determinado compositor. Todo, desde su primer esbozo juvenil hasta la última melodía que anotó en su lecho de muerte.

—¿Sólo su música? —Había que encontrar diversión donde se podía—. ¿Qué tal si diera con las tareas de álgebra de Georges Bizet? ¿O una lista de compras de César Franck? ¿Serían relevantes para el programa, también?

—Justo a eso iba. Luego hace una recopilación secundaria de cualquier otra cosa que tiene que ver con el compositor: estudios académicos, recortes de periódico, reseñas, recetas médicas, sus tareas de álgebra y listas de compras si quiere; nada está de más.

—Entonces, voy a empezar a guardar mis tarjetas de Navidad.

—Se lo recomiendo. Y a raíz de todo eso, por medio de un algoritmo de mi invención, el programa determina cuáles obras precisas habría compuesto en los próximos cinco, diez, veinte años o más de su vida. Una vez que identifica las obras, el programa procede a componerlas…

—¡JA!

—… y, si uno desea, las orquesta y las ejecuta. Así, podemos tener una riqueza inagotable de nueva música de los más grandes genios de la historia para uso exclusivo de nuestra orquesta.

Lo miré fijamente.

—No estás bien, ¿verdad, Bowman? ¿Has dejado que te revisen?

Bowman se rió, una risa que poco tenía que ver con la que había exhibido en la entrada de la casa.

—Sabía que reaccionaría así; es normal. Parece fantástico, lo sé.

—No me parece fantástico; me parece ficticio. Recuerdo que hace años un musicólogo inglés pretendió reconstruir el primer movimiento de la décima sinfonía de Beethoven a partir de unos fragmentos que sacó de sus cuadernos. Incluso la grabó la Sinfónica de Londres. El resultado era todo menos Beethoven, amigo.

—Me imagino que se refiere al trabajo de Barry Cooper —Bowman se levantó con cierta brusquedad del sillón—. Le aseguro, maestro, que los galimatías del doctor Cooper tienen la misma relación con mi programa que la tarjeta perforada de antaño al microprocesador de hoy.

—¿Ah, sí? —dije con una carcajada, siguiendo de reojo su determinado avance hacia los estantes colgantes.

—Véalo usted mismo.

Banda sonora: Brahms Clarinet Sonatas, Op. 120

Movimiento II: The Race

Tempo: Adagio espressivo

Un joven expatriado norteamericano regresa a su pueblo natal, por primera vez desde que se vio obligado a abandonarlo hace veinte años, para despedirse del que fue efectivamente su padre adoptivo: el esposo de su ex maestra de piano. Un día, mientras los dos escuchan el Primer concierto para piano de Brahms, su amigo le hace al joven una petición singular: que lo lleve a pasear en su lancha. El joven, reacio a rechazar la última petición de un moribundo, accede. Una vez que arrancan, el amigo da instrucciones al joven para que crucen al otro lado del río, en una travesía que llega a tener una semejanza extraña con la labor de Caronte en el Río Aqueronte. Pero cuando el joven regresa a casa sin su amigo, tendrá que encontrar una manera de explicar el asunto a su maestra y, en última instancia, a la policía.

Extracto

Con un solitario fagot que apuntala, con lastimero contrapunto, un tema lírico de los violines, empieza el adagio del segundo movimiento. Entran los chelos y los bajos, el oboe sin que el fagot se dé por vencido. La música es dulce y noble a la vez, elegiaca de una manera que ninguna cadena de palabras podría equivaler. Leo en las notas de la cubierta que Brahms compuso el concierto cuando tenía tan sólo 25 años. Que alguien pudiera haber estado en contacto con este substrato de emociones a una edad tan tierna me parece increíble. Que pudiera haber convertido esas emociones en un concierto como éste a continuación es francamente intimidatorio. Al entrar el piano con su propia reafirmación del tema, Roger se arrellana en el diván y anuncia:

—Esta música es inconcebible.

—Dice aquí en el notas —le contesto, continuando a leer— que en una carta a su prometida, el director de orquesta Hans van Bülow le confesó que los adagios de Brahms eran como una religión para él. No un arte, pues; una religión.

Roger me fija con una mirada acuosa.

—En tiempos de salud, hubiera considerado eso una exageración.

Escuchamos la música durante unos minutos más hasta que, con un fondo de brillantes arpegios ascendientes entre cuerdas y piano, Roger se dirige a mí nuevamente.

—Sácame de aquí —murmura.

Finjo no oírlo, enfocándome en los vaivenes de la música, hasta que repite con mayor insistencia:

—Sácame de aquí.

Recuerdo haber visto, de niño, a mi abuelo en el hospital. En vez de apaciguarse al acercarse su fin, el hombre se volvió incontenible, bajando de la cama, arrancando sus tubos, buscando por cualquier vía, y con una fuerza impresionante que poco hacían los tranquilizantes para disminuir, escaparse de las visiones que sólo él podía ver, de los interlocutores que sólo dialogaban con él. ¿Y si ahora le toca a Roger pasar por una crisis de ésas? No tengo experiencia en esas situaciones, y dudo que Helen traiga consigo un celular. Tendría que llamar al número de emergencias, que mandaría una ambulancia con todo su concomitante escándalo y Roger, hasta el abreviado fin de sus días e incluso después, no me lo perdonaría nunca.

—Sácame de aquí, Chris.

No cabe dentro de mí ignorarlo una tercera vez.

—¿Qué? ¿Qué dices?

—Sácame de aquí, te digo.

—Pero, ¿adónde, Roger? ¿Adónde quieres que te lleve?

—A la lancha.

—¿A la lancha? ¿A tu lancha?

—A mi lancha. —¿La pusiste en el agua este año?

—Me la pusieron. Tuve que insistir.

Sopeso mi sentido de responsabilidad como cuidador temporal de mi amigo contra la naturaleza sacrosanta de un deseo que, si no puede calificarse a ciencia cierta como último, está bien dentro de su penumbra. Luego de un breve pero acalorado debate interno en el que, admito, influye el temor de que el último movimiento del concierto resulte ser igual de tormentoso que el primero, gana la sacrosantidad.

—Ok, Roger, un breve paseo y luego regresamos.

Banda sonora: Brahms, Primero Concierto para piano, Op. 15 (Segundo movimiento)

Movimiento III: Sacrificio a Hertha

Tempo: Moderato

En la primavera de 1874, el cantante y compositor en ciernes, Georg Henschel, conoce a su ídolo, Johannes Brahms, en el Festival del Rin en Colonia. El maestro, impresionado con la calidad de su voz, le invita a cantar bajo su batuta con el Gesellschaft der Musikfreunde en Viena. Así empieza una amistad entre los dos que conduce a un recorrido musical al alimón y, en el verano de 1876, a una invitación sorprendente del solitario compositor para que Henschel pase unos días con él en la Isla de Rugen, ubicada en el Mar Báltico. Henschel acepta alcanzarlo de inmediato, sin saber en qué tipo de vorágine se ha metido: Brahms se está esforzando titánicamente para terminar su primera sinfonía, una obra cuya consumación ha eludido durante unos buenos veinte años. Lo que Henschel aprenderá acerca de Brahms en estas vacaciones le cambiará la percepción de su amigo, de la música y de él mismo para siempre.

Extracto

Cuando llego, dejando una estela de agua por todo el vestíbulo, Brahms ha subido ya a su habitación. Subo también, salvando dos escaleras por cada zancada. Necesito verlo, disculparme con él, decirle, entre la medida de mis posibilidades, que lo entiendo. Su puerta está cerrada. Al aproximarme a ella por el pasillo, me alcanza el sonido apagado del piano. Me acerco unos pasos más. Es una melodía, una que no reconozco. ¡Y qué melodía! Una vez que menguan mis escalofríos, corro a mi habitación, regreso con un cuaderno y tomo dictado tal como puedo: Brahms captura 3Brahms Captura 4 Es una melodía sencilla, algo que uno de los marineros o las mozas pudo haberle tarareado en las tabernas de su infancia. Agregarle una letra tosca y sería una canción de borrachos idónea. Es, a la vez, otro de los regalos de lo alto del que Brahms dice no ser responsable. Me dejo deslizar hacia abajo por la pared hasta encontrarme tumbado en el piso. Ni sumando todos los ejercicios de contrapunto en el mundo se llega a una melodía así. Mejor dicho: ni sumando todos los ejercicios de contrapunto llegaría yo a una melodía así. Brahms ha encontrado la solución a su sinfonía. Pero, sentado ahí, otro ebrio más que contempla su propia nadería, me doy cuenta de que Hertha también le ha cobrado caro al maestro sus abundantes regalos: en monedas de soledad. El niño de diez años que le imite su paso vigoroso y oscilante, la esposa anhelante de reconfortarlo después del fracaso que no volverá a tener jamás, el bullicio familiar que algo podría haber hecho para limar sus asperezas, Brahms no tendrá nada de estas cosas. Terminará sus días como el genio solitario, solo con su incompartible inmortalidad, tal como los terminó en su momento, agitando su puño contra una tormenta eléctrica –¡espero que no pueda leer mis pensamientos!– el genio solitario de Beethoven. Pero, ¡oh, lo que daría por poder respirar una sola bocanada de ese aire rarificado!

Banda sonora: Brahms, Sinfonía #1 en Do menor, Op. 68 (Cuatro movimiento, 4:18)

Movimiento IV: El festival de música Eufemia Hipólito González

Tempo: Vivace

Osorio Ramos, maestro de violín en la Casa de la Cultura de la Ciudad de Huasingo, México, está enamorado de la renombrada violinista alemana Emmeline Abendroth. Lo que podría parecer otro caso más para el voluminoso expediente de “amores imposibles” da un vuelco cuando Osorio concibe la idea de un festival conmemorativo en honor a Johannes Brahms. Su verdadero propósito: tener un pretexto para invitar a la teutona a que viaje a Huasingo, en este caso para interpretar el famoso Concierto para violín del maestro hamburgués. El presidente municipal accede… con tal de que dediquen el festival a la memoria de su abuela, Eufemia Hipólito González, quien le cantaba la Canción de cuna de Brahms todas las noches de su niñez. Pero esto es sólo el primer paso: Osorio luego tendrá que vérselas con la agente de Emmeline, así como con su amargo rival, el maestro Víctor de la Orquesta Sinfónica de Huasingo. ¿Logrará Osorio su propósito improbable? Y en caso de que sí, ¿qué acontecerá entre los dos cuando aterrice Emmeline finalmente en Huasingo?

Extracto

En el caso evidentemente disparejo de Emmeline Abendroth versus la Orquesta Sinfónica de Huasingo, no cabía duda en la mente de ninguno de los asistentes que el primero, una vez que hubiera entrado en juego, habría de eclipsar al segundo. Y claro, por un lado, así fue: lejos de tratar al concierto como una bagatela vacacional por la que podía deslizarse con el mínimo de esfuerzo, Emmeline no sólo estaba sacando todo de sí en su interpretación sino que también, por su lenguaje corporal desenvuelto y las miradas que dirigía a Victorio y hacia el público, daba toda la impresión de estarse divirtiendo mucho. Pero por otro lado, y sólo en parte porque las expectativas eran tanto más bajas, la orquesta continuaba estando muy a la altura de las circunstancias, sorteando el resto del extendido primer movimiento con tan sólo un ligero desfase al inicio de la recapitulación, producto de una entrada demorada de las trompetas de la Banda de Vientos que malinterpretaron una señal –ambigua, en mi sesgado punto de vista– del maestro. Al principio del movimiento lento, hubo una contención colectiva de respiración mientras empezaba el largo solo cantarín que el artero compositor había otorgado, en lugar del violín solo, al oboe. La primera oboísta era la joven e inexperta sobrina de Victorio, pero con los ojos de su tío fulminándola preventivamente con la mirada, la chica, convertida en la niña símbolo del nepotismo, dio en el clavo, cediendo, luego de dos líricos minutos, a Emmeline. Superado ese brete, el resto del concierto corría cuesta abajo, solista y orquesta retozando, en el rondó concluyente, por el mismo terreno gitano que había atravesado los intérpretes del cuarteto para piano en la inauguración del festival. Bullicio y algarabía y escandalo húngaro, Emmeline tocando con toda la chispa y ferocidad de un baile campestre, y luego ya había terminado y todos aplaudíamos de pie como si hubiéramos estado parados durante el concierto entero, una espera de cuarenta años, para mí, consumada en cuarenta minutos.

Me detuve unos momentos en la sala vacía, saboreando los armónicos que seguían resonando en mi mente como las olas del mar que se oyen en una caracola. En el vestíbulo, el vulgo rezagado estaba siendo cortésmente desalojado mientras que los meros meros de la Secretaría de Cultura, junto con los músicos sedientos que iban llegando desde los camerinos, esperaban la llegada del champán. Al emerger Emmeline, humana nuevamente después de su apoteosis escénica, fue recibida con otro aplauso entusiasta y rodeada de inmediato por el gobernador y su séquito, la esposa del mandatario cubriéndole los hombros con un reboso típico en lo que sólo podía esperar fuera la presentación de un regalo en vez de un gesto provinciano de pudor. De repente, alguien me sujetó los brazos detrás de la espalda.

Banda sonora: Brahms Concierto para violín, Op. 77 (Tercer movimiento)

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