It’s Not Austerity, It’s Asphyxiation

The words we use matter. And not just the words themselves, but how they are employed to form metaphors. Cognitive linguist George Lakoff talks about “conceptual metaphors,” the metaphors that actually shape how we think, rather than simply spicing up our language with some literary zest. According to Lakoff, such metaphors and “frames” are the ideas that allow us to understand what we are experiencing. “Naming is giving language to those ideas – often ideas you already have, possibly as part of your unconscious brain mechanisms,” he says. “Naming can make the unconscious conscious.” And considering that an estimated 98% of human thought goes on in the unconscious realm, the ability to pull something up into consciousness by means of an idea that gives it both shape and sense is an especially powerful tool. So powerful, that it can be very easily manipulated – and is, of course, on a regular basis.

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In recent years, no metaphor has been more manipulated – and with such toxic effects – as austerity. Under the aegis of “austerity,” nation after nation has either implemented a neoliberal economic program or aggravated an existing one, privatizing state-owned assets, slashing benefits and raising the tax burden, more often than not, on those least able to bear it. In the case of Greece, Troika-imposed austerity has caused a Great Depression comparable with the worst depressions in economic history, worse, indeed than America’s in the 1930’s. And, judging by the state of the negotiations between the Syriza government and the Eurogroup as I write, there is another giant helping to come on Greece’s plate.

Austerity has become such a household term that we tend not even to realize how powerful a framing device it is. This is precisely because its work goes on beneath the limen of our consciousness, reinforcing itself every time we repeat (or write about) it. Austerity provides neoliberal policies with a luster of responsibility, discipline, and maturity. What is more, it attributes to those policies a combination of moral virtue and aesthetic beauty which they in no way deserve. I am a great admirer of austerity. I strive to lead a simple life, with few luxuries, not only on moral or ecological grounds but because, as in the classic Shaker hymn, I consider it a gift to be simple. Even after so many years away, the plain, unadorned interior of a New England meeting house continues to speak to me more than façade after façade of Baroque excess. As does a stark winter landscape, with its denuded trees and snow. The austere scoring of a Brahms symphony sends me into raptures that all the bells and whistles of flashier composers cannot compare with. And the conflation of qualities I cherish with an economic doctrine that leads to impoverishment, egregious concentrations of wealth and the rending of a social safety net is, to me, offensive. But that is the way framing and conceptual metaphors work.

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So let’s return austerity to where it rightfully belongs: to a Gothic cathedral, to a Bresson film, to the spareness of a Wyeth painting. And let’s engage in the necessary exercise of renaming what the rest of the European Union is doing to Greece. Instead of austerity, for example, Noam Chomsky has suggested “class war”. While accurate, I think we can go one better. For a frame or conceptual metaphor to work, it has to contain a compelling visual element. I suggest asphyxiation. Just imagine how different the current debate would be if the Eurogroup were considering whether or not to asphyxiate Greece for another five years. And how appropriate that, like the word it would be replacing, asphyxiation is also Greek in origin: “asphyxia” comes from α- “without” and sphyzein, “to throb.” Not the mere stopping of breath, but of the heart.

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Sobre sinfonías en prosa y otras sinestesias: Parte I

Cuando mi padre murió, de un cáncer que le reclamaba el estómago mientras aún precisaba de él, yo tenía cinco años. Puesto que el tema de mi padre se convirtió rápidamente en un tabú familiar, aprendí desde temprana edad a hacer boxeos de sombra con la ausencia, el vacío. Pero esta entrada no se trata precisamente de mi padre, sino de una cosa preciosa que dejó atrás al momento de su desaparición: su acervo de música clásica en acetatos. Aunque empecé a tomar clases de piano desde los nueve años, mi oreja tardó unos tres a cuatro años más, hasta los turbulentos años de la secundaria, a abrirse a la riqueza que aguardaba, empolvándose, al lado del tocadiscos en nuestra sala. Mi padre había tenido una subscripción a una organización llamada “The Musical Heritage Society”, que le enviaba discos en el correo: de esos recuerdo particularmente el disco de los Concertos para Piano #21 y #25 de Mozart, qué puse vez tras vez tras vez en aquel tocadiscos. Y luego puse las manos en el tesoro pincipal: la Colección del Bicentenio de Beethoven que Deutsche Grammophon había sacado en 1970 para festejar los doscientos años de su natalicio. Cuatro cajas que contenían todas las sinfonías, todas las oberturas, todos los conciertos para piano, todas las sonatas. Mi atención se centró en la caja de las sinfonías: en poco tiempo, me adueñé de las nueve, aprendiéndolos movimiento por movimiento.

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Entre los otros discos que provenían de The Musical Heritage Society, había uno que otro de Johannes Brahms (su Concerto para Violín, creo), pero no les hice mucho caso. Las pocas veces que los escuchaba, me parecían túrgidos y tediosos, nada como los fuegos artificales que emanaban de la Eroica, la Quinta, la Séptima y el movimiento coral de la Novena, ¡por dios!. Con el tiempo, el desagrado que sentía por Brahms se convirtió en un tema perenne de discusión con mi maestra de piano, que era un fan del hamburguense. “Brahms es el músico de los músicos,” me decía. Para mí, eso constituía un flaco pretexto para componer música aburrida. Y volvía a martillar -y a martirizar- el teclado con la Sonata Waldstein.

Casí terminé estudiando música. En esa misma época, mi maestra de piano notó que tenía una afición, o por lo menos un vivo interés, en la composición musical, y me mandó con un maestro compositor. Pero mi interés no demostró estar a la altura de los ejercicios de contrapunto que el maestro me ponía y, después de varios desalentadores meses, dejé de ir con él. Unos tres años después, cuando ya estaba en mi penúltimo año de preparatoria, mi maestra de piano llamó a mi madre para decirle que, puesto que ya no sacaba mucho provecho de mis clases de piano, era mejor suspenderlas. Lloré, pero sabía al fondo que tenía razón. Mi vena musical parecía haberse secado. En lugar de la música, estudié ciencias políticas. Al terminar la carrera, me puse a escribir.

Pero sucedió algo extraño: durante este periodo de relativa latencia musical, volví a encontrarme con la música de Brahms. Y por eso tengo que agradecer a mi amigo Dan Chase, quien sí estudió la carrera de música y se convirtió en maestro de música en mi estado natal de Connecticut. Una noche durante las vacaciones de verano, de regreso a mi pueblo desde la universidad, estaba en casa de Dan charlando sobre la música con él y otro amigo más. En algún momento, el anfitrión nos dijo, con el debido sentido de dramatismo: “Hay muchas melodías en el mundo. ¡Cuántas hay, y cuántas más con cada minuto! Pero ahora, caballeros, les voy a mostrar una melodía perfecta.” Sacando de su estuche la Sinfonía #1 del maestro, adelantó el disco al cuarto movimiento, precisamente a este momento. Y me quedé embelesado. Esta noche, en medio de la época cínica y consumista que era la década de los ’90 estadounidense, descubrí algo que resonó en mí como algo puro, noble, cálido y, a la vez, modesto. Tanto fue la impresión que me causó que, a partir de esa noche, empezó una obsesión que duraría bien veinte años, hasta llegar al libro que voy terminando en estos días: mi propia primera sinfonía… en prosa.

[Continuará]